Música para mis oídos
Para mí escuchar música no es sólo parea recordar y sentir momentos de películas. Es gran parte de la gracia, es cierto. Pero no lo es todo. El resto de las veces me reconforta. Es como una red de seguridad, como hablaban en un capítulo de Sex and the City. Si puedo escuchar una canción, si puedo cantarla –desafinada, pero bueh- no puede ser todo tan malo.
Es como un trance.
En los momentos en que estaba chata de estudiar y quería casi llorar del aburrimiento y las ganas de no hacer nada, aplicaba un break bailando la cachonda Bambú de Miguel Bosé y otras cuantas por el estilo (una amiga se río de mí cuando se lo confesé, como mo le hago mucho al baile no se imaginaba la escena, o era demasiado gracioso para imaginarlo, no sé). En días nublados como hoy día en que me siento sola sin estarlo y me da pena porque sí, me sirvo un tazón de té y pongo en la radio mi nuevo compilado musical. Para concentrarme si tengo que escribir, la inspiración me llega mientras escucho algo de Yann Tiersen, Air o Belle and Sebastian.
El día de mi examen de grado fue el climax del asunto. Estaba más angustiada y nerviosa que nunca, sola en mi casa, esperando que dieran las diez de la mañana para irme. Llorando como loca me puse a cantar a todo chancho Ver el Fin y otras de Lucybell. Patética, probablemente. Pero estaba bien.

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