más en Zancada: cosas de minas
mariana y punto
La vida, la tele, las revistas y todo lo demás.
sábado, diciembre 23, 2006
viernes, septiembre 09, 2005
Dedícame una canción?
De chica fui chula –como todas, me gustaría suponer- y entre los deseos de tener un hombre que me regalara peluches y escribiera cartas de amor, la verdad es que no me acuerdo si deseé también que me dedicaran una canción como a las demás. Ahora agradezco que no haya sucedido. Ya fui demasiado gil sin que ninguna de esas cosas me sucediera nunca. Y no creo que se me pase la vergüenza jamás de las ñoñerías pensadas. No me arrepiento en absoluto de haberme deshecho hace varios años de un par de realmente patéticos diarios de vida.Pero todavía tengo fantasías. Tal vez chulas para algunos. Me encanto con las comedias románticas buenas. Sueño –y seudoviví- un “eso ya está hecho” como Lorenzo le dice a Lucía cuando ella se le declara y desea que con el tiempo y la convivencia él se enamore de ella. Que un profesor se fijara en mí, que alguien me descubriera mientras trato de pasar piola pero ni tanto en un lugar público. Que me sorprendan. Que no necesariamente llamen antes. Que alguien me dedicara algo como el post que Distémper escribió sobre su mejor amigo. O como el del bueno de Stark a las Valentinas de su vida. O mil otras del tipo que no se me vienen a la cabeza.
Igual, sigo siendo ilusa.
jueves, julio 21, 2005
Italianos
Por primera vez le encontré la razón a mi papá. Bueno, no es la primera-primera vez, supongo, pero es sobre algo importante y de lo que hemos peleado bastante.
Venía el otro día en la micro (este post es en realidad anterior al que posteé antes, pero con ese necesitaba descargarme) y empiezo a escuchar fortuitamente el comienzo perfecto de “la personal” de la Concierto. Digo comienzo perfecto porque, como me gusta en las películas, lo escuché desde sus créditos iniciales. Y digo fortuitamente porque yo la radio la escucho en la micro y como no tengo horarios tan fijos, tampoco tengo programación habitual. Bueno, “la personal” que estaba empezando era la de Claudia Pérez.
Claudia Pérez es actriz, sale en Los Treinta como la abogada cabrona y –lo más importante- iba en mi colegio. Mi colegio era la Scuola Italiana, y lo que siempre dice mi papá es que al salir de ahí hay algo especial (él lo dice como si fuera mejor, yo ahora sólo concuerdo en que es algo) que nos une. Algo más que tener buenos compañeros, y ciertamente algo más que salir hablando un mal italiano.
Algo medio inexplicable, pero que no pude negar cuando ese día que iba en la micro escuchando la personal de la Claudia Pérez se me llenaron los ojos de lágrimas al escucharla hablar y al programar un par de canciones italianas que hace años no escuchaba y que, a decir verdad, no era que esas canciones en particular evocaran algo en mí. Era ese “algo”.
Ese algo del que habla mi papá, del que no sé si se lo voy a reconocer, y de lo que –ahora entiendo- renegaba no por contreras, sino porque cuando pensaba en que existiera algo así pensaba en mis compañeras del curso paralelo, que son unas mamonas que de alguna forma se apropiaron de la imagen que yo tenía de ese algo y, para mis ojos, empezaron a encarnarlo.
Eso, claro, hasta que racionalicé mi desprecio hacia ellas, hasta que me emocioné –y me encantó- con ese “algo” y le encontré la razón a mi papá.
Venía el otro día en la micro (este post es en realidad anterior al que posteé antes, pero con ese necesitaba descargarme) y empiezo a escuchar fortuitamente el comienzo perfecto de “la personal” de la Concierto. Digo comienzo perfecto porque, como me gusta en las películas, lo escuché desde sus créditos iniciales. Y digo fortuitamente porque yo la radio la escucho en la micro y como no tengo horarios tan fijos, tampoco tengo programación habitual. Bueno, “la personal” que estaba empezando era la de Claudia Pérez.
Claudia Pérez es actriz, sale en Los Treinta como la abogada cabrona y –lo más importante- iba en mi colegio. Mi colegio era la Scuola Italiana, y lo que siempre dice mi papá es que al salir de ahí hay algo especial (él lo dice como si fuera mejor, yo ahora sólo concuerdo en que es algo) que nos une. Algo más que tener buenos compañeros, y ciertamente algo más que salir hablando un mal italiano.
Algo medio inexplicable, pero que no pude negar cuando ese día que iba en la micro escuchando la personal de la Claudia Pérez se me llenaron los ojos de lágrimas al escucharla hablar y al programar un par de canciones italianas que hace años no escuchaba y que, a decir verdad, no era que esas canciones en particular evocaran algo en mí. Era ese “algo”.
Ese algo del que habla mi papá, del que no sé si se lo voy a reconocer, y de lo que –ahora entiendo- renegaba no por contreras, sino porque cuando pensaba en que existiera algo así pensaba en mis compañeras del curso paralelo, que son unas mamonas que de alguna forma se apropiaron de la imagen que yo tenía de ese algo y, para mis ojos, empezaron a encarnarlo.
Eso, claro, hasta que racionalicé mi desprecio hacia ellas, hasta que me emocioné –y me encantó- con ese “algo” y le encontré la razón a mi papá.
lunes, julio 18, 2005
Huevona
La semana pasada creo haber recibido una casi propuesta de trabajo implícita. Yo, la muy tonta, respondí que quería quedarme también con ese otro pituto mal pagado pero en el mejor lugar. Pero ahora que voy cachando que eso que estoy esperando, eso por lo que estoy en el lugar mal pagado pero perfecto, probablemente no me llegue a mí.
Cuando le cuento lo de mi seudo negativa (como dije, nadie me ofreció nada explícitamente) a una amiga mientras nos pasamos cinco horas sentadas en un café, ella graficó mi estupidez nada de sutilmente con un réclame que yo aún no veo en que pasa algo así como que a un tipo le ofrecen millones por un trabajo, él dice no gracias es que estoy bien así y por atrás le dicen huevóoon y demases. Ahora soy yo la que me digo huevona.
Porque aunque quiero volver atrás me conozco lo suficiente como para saber que haría la misma huevada, que seguiría anhelando ese trabajo soñado que está ahí pero que capaz que pierda por pajera. Porque no soy todo lo apasionada que me gustaría ser. Y por eso, no soy capaz de moverme todo lo que debería, y de darle con todo lo que yo misma me prometería hacer de imaginarme en la situación en que estoy. Porque lo de ser independiente por lindo que suene -y por lo feliz que me sienta de no tener que irme al alba sagradamente a una oficina- no me va. Menos, cuando me vienen a decir que aunque en eso que entregué la semana pasada trabajé más del doble de lo usual, no me pueden pagar más.
Y aunque pensándolo bien, en este momento todavía tengo esperanzas –y muchas- y estoy haciendo cosas que me gustan en lugares que me gustan, llego a mi casa a llorar como una huevona.
Cuando le cuento lo de mi seudo negativa (como dije, nadie me ofreció nada explícitamente) a una amiga mientras nos pasamos cinco horas sentadas en un café, ella graficó mi estupidez nada de sutilmente con un réclame que yo aún no veo en que pasa algo así como que a un tipo le ofrecen millones por un trabajo, él dice no gracias es que estoy bien así y por atrás le dicen huevóoon y demases. Ahora soy yo la que me digo huevona.
Porque aunque quiero volver atrás me conozco lo suficiente como para saber que haría la misma huevada, que seguiría anhelando ese trabajo soñado que está ahí pero que capaz que pierda por pajera. Porque no soy todo lo apasionada que me gustaría ser. Y por eso, no soy capaz de moverme todo lo que debería, y de darle con todo lo que yo misma me prometería hacer de imaginarme en la situación en que estoy. Porque lo de ser independiente por lindo que suene -y por lo feliz que me sienta de no tener que irme al alba sagradamente a una oficina- no me va. Menos, cuando me vienen a decir que aunque en eso que entregué la semana pasada trabajé más del doble de lo usual, no me pueden pagar más.
Y aunque pensándolo bien, en este momento todavía tengo esperanzas –y muchas- y estoy haciendo cosas que me gustan en lugares que me gustan, llego a mi casa a llorar como una huevona.
adelanto...
Hoy día llegué con pena a mi casa. Ya se entenderá por qué. Pero se me pasó. Por ahora, al menos. Se me pasó cuando escribí los dos post que voy a subir a continuación (uno en un par de minutos, el otro en un par de días para no malacostumbrar a nadie a tan insólitas velocidades de posteo). Me descargué y hace semanas que no me fluía tanto escribir algo.
Ahora terminaré de bajar la canción de Promedio Rojo, Cosa Sará de Lucio Dalla y Gli Altri Siamo Noi de Umberto Tozzi. Las voy a escuchar. Y después me voy a ir a comer un pancito con mantequilla y una leche chocolatada bien caliente.
Ahora terminaré de bajar la canción de Promedio Rojo, Cosa Sará de Lucio Dalla y Gli Altri Siamo Noi de Umberto Tozzi. Las voy a escuchar. Y después me voy a ir a comer un pancito con mantequilla y una leche chocolatada bien caliente.
domingo, julio 17, 2005
El hijo de mi hermano
El Giacomo, mi hermano chico, tiene cinco años. El otro día me pidió que cuando fuera vieja (pena!) le recordara de un regalo que tiene que darle a su hijo. El regalo es un arcoiris de como diez centímetros que él mismo recortó y pintó. Para su hijo. Y yo tengo que acordarme. Para eso lo escribo acá. Para decirle si releo esto en quizás cuántos años más. Por si él lo lee cuando aprenda. Y se acuerde de que su polola se llama Camila, y de que cuando tenga un hijo (el nombre dice que lo van a decidir con la Cami) tiene que regalarle el arcoiris que envolvió en un papel navideño el 9 de julio de 2005.
Es lo más cursi que he escrito, creo, pero realmente no me importa.
Si alguien se extraña con la fecha en que escribo esto, es porque (como ya lo expliqué por ahí en otro blog) casi todo lo que subo lo escribo antes en un cuaderno. Y como soy pajera me demoro en traspasarlo.
Es lo más cursi que he escrito, creo, pero realmente no me importa.
Si alguien se extraña con la fecha en que escribo esto, es porque (como ya lo expliqué por ahí en otro blog) casi todo lo que subo lo escribo antes en un cuaderno. Y como soy pajera me demoro en traspasarlo.
sábado, julio 09, 2005
A capella
El otro día llegué sumamente cansada del día laboral (bueno, no tanto, pero es que tanto rato con la espalda encorvada en una silla no es mi ritmo habitual) y decidí darme un grosero baño de tina. Me fui al chancho. Como el agua se enfrió al tratar una y otra vez que el cd de mi añeja radio funcionara, y como estimé que la espuma no había sido suficiente, tuve el descaro de darme dos baños seguidos.
Estrené mi almohadita de Casa & Ideas especial para la ocasión, puse mi radio en el baño y leí un par de artículos de la revista Paula.
Luego, como tanto trabajo me había costado que el compac funcionase y dejara de saltarse, decidí dejarlo sonando mientras procedí a ducharme. Como cuando era chica. Y me lo canté todo como en los viejos tiempos. Años después a la radio la destronó la estufa eléctrica y finalmente me duchaba así no más. Sin nada.
Y cuando el otro día se me acabó Alba Chiara de Vasco Rossi (uno de los típicos músicos pop italianos que son entre románticos con chantas toques rockerosos) terminé de acordarme de mis días de coro de bien niña y de las canciones en la ducha.
Estrené mi almohadita de Casa & Ideas especial para la ocasión, puse mi radio en el baño y leí un par de artículos de la revista Paula.
Luego, como tanto trabajo me había costado que el compac funcionase y dejara de saltarse, decidí dejarlo sonando mientras procedí a ducharme. Como cuando era chica. Y me lo canté todo como en los viejos tiempos. Años después a la radio la destronó la estufa eléctrica y finalmente me duchaba así no más. Sin nada.
Y cuando el otro día se me acabó Alba Chiara de Vasco Rossi (uno de los típicos músicos pop italianos que son entre románticos con chantas toques rockerosos) terminé de acordarme de mis días de coro de bien niña y de las canciones en la ducha.
domingo, junio 26, 2005
Síndrome de la secretaria
A los hombres las secretarias les hacen mal. Me corrijo: las secretarias terminan haciéndole mal a los que rodean a los hombres que las tienen.
Mal acostumbrados a que los sirvan y les hagan hasta lo más básico (cuánto cuesta hacerse un café, digo yo) y a que les filtren llamados indeseados, resulta que estos tipos se acostumbran tanto que terminan por convertir en su empleada a la mujer que esté al lado, pretendiendo que mientras una está evidentemente ocupada en lo suyo tenga que contestar el teléfono, preguntar quién llama y evaluar si hay que pasar el llamado o no, poner y sacar la mesa como si esa fuera la misión de cualquiera menos de ellos y quedarse sin entrevistado porque la secretaria encontró que una no era digna de hablar con el jefe.
Como hija, como subordinada y como potencial entrevistadora de sujetos que tienen secretaria a su disposición, creo que ya es hora de que paren el hueveo, y eso que cuando chica yo gastaba horas en llenar papeletas varias jugando a la oficina. Pero ya no. Separen la casa de la oficina, agarren una taza, le echan cucharaditas de café y azúcar a gusto, le ponen agua hervida y se lo toman. Sin hinchar las huevas, que de esas no tenemos.
Mal acostumbrados a que los sirvan y les hagan hasta lo más básico (cuánto cuesta hacerse un café, digo yo) y a que les filtren llamados indeseados, resulta que estos tipos se acostumbran tanto que terminan por convertir en su empleada a la mujer que esté al lado, pretendiendo que mientras una está evidentemente ocupada en lo suyo tenga que contestar el teléfono, preguntar quién llama y evaluar si hay que pasar el llamado o no, poner y sacar la mesa como si esa fuera la misión de cualquiera menos de ellos y quedarse sin entrevistado porque la secretaria encontró que una no era digna de hablar con el jefe.
Como hija, como subordinada y como potencial entrevistadora de sujetos que tienen secretaria a su disposición, creo que ya es hora de que paren el hueveo, y eso que cuando chica yo gastaba horas en llenar papeletas varias jugando a la oficina. Pero ya no. Separen la casa de la oficina, agarren una taza, le echan cucharaditas de café y azúcar a gusto, le ponen agua hervida y se lo toman. Sin hinchar las huevas, que de esas no tenemos.
